Raro es el día que en las noticias no se cuela algún estudio
científico demostrando “tal” o desmintiendo “cual”. En cualquiera de sus
ámbitos o ramas, la ciencia no cesa en su admirable empeño por darnos una
respuesta a todo aquello que nos rodea. La única pega posible (a parte del no
haber resuelto todavía el mayor misterio de la humanidad: el comportamiento de
las mujeres), es que en muchos casos lo que consigue la ciencia es volvernos
locos, ya que lo que demuestran un día convirtiéndolo en doctrina irrevocable,
al día siguiente lo desmontan demostrando, si no lo contrario, al menos sacando
a la luz otra razón que quite veracidad a lo anteriormente establecido.
Esto pasa con las teorías físicas, las misiones astronómicas,
los exámenes biológicos, los experimentos químicos, los estudios
socioculturales, las investigaciones geológicas, los cálculos matemáticos, las
excavaciones antropológicas, los escrutinios psicológicos, etc, etc.
De los estudios que más nos afectan directamente a nuestra
vida cotidiana, son aquellos relacionados con las propiedades de los alimentos
que ingerimos. El origen de este escrito se remite al estudio que intenta
quitar el titulillo de “demonio” a las grasas, las cuales se han considerado
uno de los principales enemigos de la salud. Pero al igual que pasó con el
vino, la cerveza, el aceite y demás, ahora empiezan a ser redimidas por la
ciencia, evidenciando que ya no son las principales culpables de la epidemia de
enfermedades cardiovasculares. Después de acribillar y condenar a las grasas
saturadas, ahora resulta que el “verdadero” culpable son los azúcares que la industria
añade a sus productos. La contradicción llega al punto de que estos azúcares se
añaden a los productos para compensar la falta de sabor de los alimentos cuando
les quitas las grasas (Quitamos lo “malo” para poner algo “peor”). Al puerto al
que pretendo llegar es a que no hay mejor estudio que el que uno mismo hace de
su cuerpo. Que no hay mejor ciencia que la lógica y el sentido común. Y que no
hay ley más inquebrantable que la ley del equilibrio. Total, que todo es malo
en exceso y todo es bueno en su justa medida. Buscad lo variado y lo natural,
que para eso se crearon y por eso así se crearon.
En un futuro abordaré otras sorpresas de la ciencia como el
descubrimiento de una galaxia con forma de pene desgarrando un agujero negro.
EPÍLOGO: La
ciencia invade la conciencia de aquellos que no son de fuertes convicciones,
tergiversando la percepción ante lo que les rodea e interfiriendo en el cómo vivir
sus vidas. ¡Mira qué curioso!, casi del mismo modo que su mayor enemigo: la
religión. Y ya que hablamos de contradicciones, me despido con una
contradicción majestuosa, proclamando que la ciencia es el arma que DIOS emplea
para explicarnos su obra.